“Hermosa” le dije, mirando también hacia la luna.
“Todo está bien” me contestó, sin impresionarse.
Volteó lentamente para encontrar mi mirada; pequeñas olas se formaban con sus movimientos y chocaban contra mi piel.
Sus ojos parecían color plata en su cara como hielo.
Dobló su mano de forma que atrapó la mía y la hundió bajo la superficie del agua.
Era lo suficientemente cálida como para que su piel fría no me estremeciera.
“Pero yo no usaría la palabra hermosa” continuó. “No comparándola contigo”
Sonreí, y levanté mi mano libre – no temblaba – y la coloqué sobre su corazón.
Blanco sobre Blanco; coincidíamos por primera vez.
El se estremeció un poco con el contacto cálido.
Su respiración se volvió difícil.
“Te prometí que lo intentaríamos”, susurró, tenso de repente.
“Si… si hago algo malo, si te lastimo, me debes decir inmediatamente”
Afirmé solemnemente, manteniendo mis ojos en los suyos.
Tomé otro paso a través de las olas y recosté mi cabeza contra su pecho.
“No tengas miedo” murmuré. “Nos pertenecemos”
Fui repentinamente abrumada por la verdad de mis propias palabras.
Este momento era tan perfecto, tan correcto, no había duda de ello.
Sus brazos me envolvieron, reteniéndome contra él, verano e invierno.
Sentía como cada nervio de mi cuerpo era un cable vivo.
“Para siempre” y entonces nos hundimos gentilmente en la profundidad del agua.
